Regreso a clases con Sabatina

El regreso a clases de nuestros estudiantes de sabatina estuvo marcado por algo diferente. No comenzamos hablando de contenidos, tareas o actividades académicas. Comenzamos hablando de nosotros, de aquello que sentimos, de lo que nos duele y también de aquello que necesitamos dejar ir.

Después del terremoto que sacudió a Pereira y que transformó de manera abrupta muchos de nuestros espacios cotidianos, regresar al aula significaba también regresar con emociones, preguntas, temores y recuerdos que cada persona llevaba consigo. Por eso, esta mañana se convirtió en una oportunidad para detenernos y escucharnos.

Alrededor del fuego, bajo la guía de María Isabel León, egresada de nuestra institución y madre de dos de nuestros estudiantes, compartimos una reflexión profunda y sincera. Su palabra nos invitó a mirar hacia nuestro interior y reconocer aquellas emociones que, en medio de las circunstancias, muchas veces permanecen guardadas.







La dinámica fue sencilla, pero profundamente significativa: escribir nuestros miedos, nuestros conflictos internos, aquello que nos inquietaba o que necesitábamos soltar, y entregarlo simbólicamente al fuego.

Cada papel que llegaba a las llamas representaba algo distinto. Un temor, una preocupación, una tristeza, una angustia, una pregunta sin respuesta. El fuego se convirtió entonces en un elemento simbólico de transformación: no para borrar lo vivido, porque lo vivido hace parte de nuestra historia, sino para permitirnos transformar aquello que pesa y abrir espacio a sensaciones más amables, a la esperanza y a la posibilidad de continuar.

Fue, literalmente, un encuentro con nosotros mismos.

Por un momento dejamos de ser estudiantes y docentes para reconocernos simplemente como seres humanos atravesando juntos un momento difícil. Comprendimos que el colegio también puede ser un lugar para hablar de lo que sentimos, para acompañarnos, para respirar, para escucharnos y para reconstruir vínculos.

Y quizás esa sea una de las formas más importantes de volver a clases: volver a encontrarnos.

Al finalizar, nos abrazamos. Nos miramos de otra manera. Y, sobre todo, agradecimos algo que a veces damos por sentado: seguimos vivos.












En medio de las pérdidas, los daños y la incertidumbre, ese agradecimiento adquirió un significado especial. Estar juntos nuevamente, compartir una palabra, una mirada, un abrazo o una sonrisa se convirtió en una pequeña celebración de la vida.

Desde el Centro de Interés Jardines de Resistencia entendemos que educar también significa acompañar los procesos humanos que atraviesan nuestros estudiantes y nuestra comunidad. Así como una semilla necesita tiempo, cuidado y un territorio para volver a crecer, nosotros también necesitamos espacios para recomponernos, reconocernos y encontrar nuevas formas de habitar el mundo.

Esa mañana alrededor del fuego nos recordó que resistir también es cuidarnos, escucharnos y permanecer juntos.

Hoy volvemos al colegio.

Volvemos con preguntas, con cicatrices, con recuerdos y con esperanza.

Volvemos a sembrar.








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